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  • Libros imprescindibles

    El Manifiesto de Las Clases Medias

    Hacía falta que en España alguien escribiese un libro como El manifiesto de las clases medias, y ha sido Enrique de Diego quien, por fin, lo ha hecho. Es la denuncia rotunda y sin ambages del expolio al que vive sometida la burguesía occidental.

    El vampírico autor de este saqueo constante que drena las energías de la sociedad civil tiene un nombre: socialismo. De Diego, con el lenguaje castizo y transparente de un periodista de raza, desvela las raíces históricas, culturales y políticas que alimentan al Estado socialdemócrata, un moderno Leviatán que crece sin tasa y que, de no ponérsele freno, bien puede ser el causante de un próximo colapso civilizatorio. Tras unos iniciales capítulos donde reina la ironía, donde se caricaturiza la versión marxista de la Historia, Enrique de Diego pasa a a hacer un análisis muy lúcido de la silenciosa tiranía que nos gobierna.

    Pero el director de A Fondo en Radio Intereconomía va mucho más allá de una mera crítica al tamaño del Estado, inspirada desde posiciones liberales al uso. Realiza un muy didáctico descenso a la psicología profunda del socialismo para comprender cómo ha podido tejerse esa tupida maraña que atenaza al hombre de a pie, muchas veces sin que él mismo sea consciente de ello; tal es la perfección y la antigüedad de la trama. Periodistas, políticos, docentes, artistas, cineastas, empresarios… Nadie se libra de los dardos del señor De Diego, pues todos son cómplices en el chantaje moral que oprime al honrado ciudadano y que funciona básicamente así: sublimando su envidia malsana construyen un discurso que infunde sentimientos de culpa y odio al pueblo trabajador para luego, gracias al poder del Estado, recoger los frutos: subvenciones, clientelismos, tráfico de influencias, parasitismo fiscal, intromisión ilimitada del Leviatán en la libertad de las personas…

    Enrique de Diego ha escrito un manifiesto en toda regla que ilumina y despieza la gran superestructura neomarxista diseñada para fagocitar la riqueza de las naciones. En los tiempos que corren: necesario, urgente, imprescindible.

    Mileuristas: los nuevos pobres y Crisis planetaria

    Mileuristas: los nuevos pobres
    y Crisis planetaria: la quiebra del Estado del bienestar son la continuación natural de El manifiesto de las clases medias lanzado por Enrique de Diego hace justo ahora un año y del cual dimos cuenta en su día.Son dos obritas originales en nuestro panorama bibliográfico. La denuncia del intervencionismo estatal en su aparentemente benefactora tutela goza de un predicamento creciente. Ahí está Reinventar el Estado del Bienestar. La experiencia de Suecia (Gota a Gota) de Mauricio Rojas, presentado por José María Aznar hace pocas semanas, o el clásico recién editado en español Economía en una lección (Ciudadela), de Henry Hazlitt.Pero faltan obras de batalla, que ocupen un bolsillo y puedan leerse en un par de trayectos largos de Metro o en el trasbordo de un vuelo, y suministren argumentos para el día a día asentando convicciones firmes en quienes no disponen de mucho tiempo ni muchas ganas para leer. Ése es el hueco que, con un esfuerzo impagable, está cubriendo De Diego en su cruzada contra un estatismo que la izquierda alienta y la derecha sólo desalienta con la boca pequeña.La publicación de estos dos breves alegatos es oportuna en medio de la crisis económica en la que vive nuestro país, prevista al menos para dos años muy duros. Pero no se trata sólo de algo coyuntural, sino de un descoyuntamiento global del sistema socialistizante que –he ahí la paradoja- sobrevivió a la caída del Muro de Berlín.

    De Diego habla de una "catástrofe planetaria" porque no existe "salida dentro del modelo", y ese modelo camina a la quiebra por el incremento de población y las corrientes migratorias. Ni una ni otras sean malas en sí, al contrario, pero precisan "estructuras sociales flexibles, que incentiven la creatividad y la innovación". Se topan sin embargo con la rígida omnipresencia estatal, por un lado, y el riesgo de penetración islamista en Occidente, por otro, en una insensata inmigración no selectiva. A lo que añadir una clase política insostenible y la proliferación de lobbies que viven del presupuesto (De Diego suele bromear presentándose como productor de cine, dado que lo sostiene con sus impuestos) o tienden a expandirlo en aras de causas biempensantes que –ya es casualidad- siempre suponen gasto público y control sobre la sociedad. La última que ha hecho fortuna es la del calentamiento global.La sanidad, la educación y las pensiones son las tres áreas de urgente liberalización, según De Diego. Y deberían ser –sostiene- los jóvenes mileuristas quienes encabezaran el plante. Porque no han padecido las privaciones de generaciones precedentes, pero por contra sus expectativas son muy inferiores (sólo el 40% de los licenciados universitarios tienen un trabajo acorde a su nivel de estudios).

    Sin embargo, "han sido adormecidos por el Estado" y su "dictadura benévola", la de un Leviatán "dispuesto a llevarles –sin riesgos y sin la funesta manía de pensar- de la cuna a la tumba como un padre providente o una madre nutricia. Se les ha educado en la adoración al Estado para ser sus víctimas y, en buena medida, han interiorizado como propios los criterios –tópicos y consignas- que les llevan al desastre, a su despilfarro como generación, a su anulación como individuos, a la incapacidad para perpetuarse".

    De Diego lanza estos dos aldabonazos para despertarles de la pasividad y situarse a la cabeza de la rebelión de las clases medias, que van camino de la proletarización por obra un Estado del bienestar que cada vez cumple peor sus teóricos fines. Una lectura rápida, contundente y –sobre todo- movilizadora.

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  • Mejor en Internet

    A vueltas con esta nueva tendencia llamada Marketing Experiencial (perdón por el nombre), que en sí misma no consiste en un tipo concreto de acción sino en un enfoque novedoso, uno se da cuenta de las enormes posibilidades que los medios de información on-line ofrecen a la hora de revolucionar y adaptarse a cualquier nueva tendencia. Pero no voy a distraerme con la explicación de esta moda que se basa en convertir la adquisición de un producto en una vivencia satisfactoria para el comprador. Mi intención es usar este recurrente hecho de la innovación en Marketing para incidir en las posibilidades que la publicidad en Internet ofrece para cualquier anunciante o producto si somos capaces de una vez por todas de aceptar el reto.

    Aunque parezca increíble, en plena recta final de conversión generalizada a web 2.0, y a la espera de lo que den de sí las nuevas generaciones web 3.0, seguimos pasando por alto la innumerables ventajas que los medios de información on-line ofrecen a los anunciantes. Para analizarlas qué mejor que poner en evidencia las ventajas de Internet en oposición a la absurda falta de adaptación del Marketing y la Publicidad pese a toda iniciativa revolucionaria defendida sobre el papel.

    Para empezar hay que decir que la ventaja más evidente de la publicidad en los medios on-line se debe a su mayor rentabilidad, es decir: el favorable precio por impacto, que habitualmente se mide en CPM (coste por mil impresiones enviadas) y que, además, permite una mayor flexibilidad a la hora de calcular la inversión, lo que facilita en gran medida la planificación y la optimización de los recursos. A continuación, su contextualización y actualización, es decir: la posibilidad de integrar anuncios en determinados medios, secciones o noticias relacionadas directamente con el producto y que, además, están sometidos a una constante actualización que los hace ser visitados con frecuencia. Por último, es más que interesante una ventaja exclusiva de este medio: la interactividad y la posibilidad de medir su impacto con gran exactitud y sin costes añadidos.

    Pero pese a que los medios de información on-line ofrecen infinidad de ventajas comparativas, no estamos siendo capaces de aprovecharlas por culpa de una mentalidad anclada aún en la publicidad convencional, o quizá por falta de visión, o ambas cosas a la vez. Por otro lado hay que decir que es tarea aún pendiente que los medios on-line investiguen sobre sus propias posibilidades y las ofrezcan técnicamente resueltas a sus anunciantes o agencias. Aquellos que así lo hagan pasarán a estar en línea directa con las agencias y anunciantes y podrán formar parte integrante de la estrategia desde un primer momento.

    En tiempo de crisis como el momento presente, son precisamente los medios on-line los únicos capaces de ofrecer herramientas asequibles y eficaces a partes iguales para todas aquellas empresas que conserven la más mínima capacidad para invertir en publicidad. Siempre será mejor destinar un esfuerzo, por modesto que sea, para comunicar productos y servicios aprovechando la flexibilidad de los medios on-line que esperar a que escampe. Es precisamente la perfecta adecuación que ofrece Internet a cada presupuesto disponible lo que convierte a los medios informativos de la Red en la mejor opción para seguir estando presentes en la mente del consumidor.

    Sí, estamos incursos en una crisis de magnitudes colosales. Y precisamente por ello, para aquellos que aún conservan algo de músculo, es el mejor momento para dar el salto definitivo a un medio que, entre otras cosas, parece hecho a la medida de circunstancias como las actuales.

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  • Imaginería obsoleta

    Miren ustedes que soy fiel creyente en las ventajas y beneficios que todo lo concerniente al branding –búrlense del dichoso anglicismo, les doy bula - aporta a cualquier idea, proyecto o incluso ensoñación; sea política, social o empresarial. Y muy de cuando en cuando pago mis culpas por escribir aquí, y firmar como experto en “eso” mientras redacto obviedades, cuando lo que me pide el cuerpo es ejercer de sociólogo y al mismo tiempo dejarme llevar por lo que yo, en mi desafuero, defino como comunicación emocional, y que mis poderosos colegas al servicio de este estado socialzado reinventan y vanalizan sin piedad gracias a nuestra decadencia y pasividad endémica.

    Insisto, que el branding es para mí como una religión y que yo me arrodillo ante ese altar cada mañana, cada tarde y cada noche. Pero, al comprobar en lo que ha degenerado, me quedo atónito. Y no puedo sustraerme a esta insuperable sensación de parálisis y marcha atrás por más que persistamos en el error y regalemos la ilusión de un penúltimo aliento para todo ese tejido productivo exhausto que está siendo devorado por los intereses, o la corrupción, o la crisis, o las circunstancias, o lo inevitable… o lo que ustedes prefieran.

    Me gustaría no haber tomado la pastilla azul y seguir creyendo en esta hermosa comunicación de empresas e instituciones, tan socializada y socialista y a la vez tan yankee, construida a base de símbolos, mensajes y estupendas imágenes de seres humanos que deambulan por lugares comunes y nos hablan de futuro con sus gestos y sonrisas ganando nuestra complicidad: esos cuadros en movimiento con sus impecables background y sus músicas a medio camino entre lo rítmico y lo emotivo. Ya me gustaría seguir adormecido y sumarme inconsciente a esas reiteradas y optimistas visiones de infinita fe en la raza humana, esa todopoderosa especie que, en estos tiempos de Internet, queda reducida a personajes frikis que van a Eurovisión.

    Si ustedes se toman la molestia, comprobarán que lo que prevalece en la mente del público no tiene ya mucho que ver con esos conjuntos perfectamente estructurados de signos y mensajes idílicos, con esos hombres y mujeres inasequibles al desaliento y con esos jóvenes que nos los caracterizan despreocupados y felices, dispuestos a extraer la quinta esencia de la vida con sus mil euros cada treinta días, arropados por una imaginería progre y benévola… Hace tiempo que algo no funciona.

    A pesar de que estar maleado por la rutina de andar a vueltas con los mismos mensajes positivos, aunque con matices, para retratar la solvencia de una empresa o la calidad de un servicio, lo que me pide el cuerpo – y sobre todo la cabeza – es reconducir el humilde conocimiento de este oficio hacia la necesaria subversión de cada estereotipo, buscando golpear las conciencias, para descanso propio y quién sabe si de muchos, y remover todos estos clichés que nos tienen sometidos e inermes ante el despropósito de este modelo económico, socializado y al fin orgánicamente socialista que, por un lado, se ha entregado a la globalización, al flujo de capitales y al estado red, y, por otro, se queda en tráfico de influencias, corruptelas, ineficiencia, estructuras políticas ruinosas, tribus identitarias y nepotismo.

    Cuanto más fiel soy a la realidad, más lejos de los estereotipos se me van las ideas propias y aún más las emociones. Y he llegado al punto de ser incapaz de sentir inspiración alguna si sigo bebiendo de ese mundo imaginario que se ha quedado obsoleto, y ya alcanza a parodiar los derechos fundamentales, limitándolos a enviar mensajes multimedia a un precio supuestamente razonable, o poder llamar a un novecientos para suplicar un crédito instantáneo de 6.000 euros a un tipo de interés proporcional a la desesperación de quien no ha podido evitar caer en la trampa.

    Hay que derribar este branding obsolescente que nos gobierna en todas partes y que, en el paroxismo de lo político, se supera a sí mismo con ministerios de la igualdad y sufridas embarazadas de gira por las guerras del mundo. Y que, en lo privado, retrata a la mujer de hoy viendo aparecer junto a un lavavajillas a señores uniformados que le cocinan y le ponen la comida en la mesa mientras ella anda feliz y ociosa. Y quizá, esa misma mujer y el hombre que sea su marido, compañero o amante, más que un lavavajillas mágico o un ministerio de lo abstracto, necesitan realidades sin tener que pagar aún más servicios deficientes, más ejecutivos, más funcionarios, más altos cargos, más ministros y más lobbys hasta verse rendidos al subsidio, esa limosna envenenada tan laica y tan progre.

    Y, pese a todo, aún creo en el otro branding, el que fortalece una marca, sabe asociarla a unos valores pertinentes, tangibles e intangibles, e influye con ello positivamente en la creación de riqueza. El mismo que definió magistralmente Tom Peters como aquel que tiene que ver con una historia real que contar, con la pasión inseparable de todo proyecto humano, con la causa íntima que nos convierte en seres emprendedores y no dependientes. El que se inspira en la realidad o aspira a ella. Nunca en el que es desmentido por los hechos, que no interpreta la realidad sino que la pervierte y se remite una y otra vez a universos paralelos que nunca conoceremos por la sencilla razón de que no existen y nunca han estado ahí. Es hora ya de que alguien lo diga.

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  • Spanish Happening

    Cuando esto de andar liándola con los dineros propios y ajenos que llamamos economía amenaza con colapsarse y no dejar piedra sobre piedra (o ladrillo sobre ladrillo), puede resultar sugerente alzar la vista y echar un ojo a ese magma de imágenes, gestos y mensajes aparentemente inocuos que edulcoran nuestras vidas. Hablo de la comunicación en toda su pavorosa dimensión. Ese chaparrón de clichés, mensajes y valores sintéticos, spots, sonrisas, fotos, clips, comunicados y telediarios que a ratos hacen de lo friki continente y contenido, y a ratos se trasforman en declaraciones que parten desde lo trascendente para terminar en el más puro disparate .

    Pues bien, en torno a este drama coral que va tomando forma a base de sumar malas noticias según transcurren los días – pésimas noticias diría –, el reflejo de los mensajes que recibimos en conjunto se asemeja a un happening donde nada es lo que es y aún menos es lo que parece.

    Por ejemplo, en el encantador universo de la publicidad - aún más desconcertante que la realidad a la que sin duda emula -, la gente sonríe sin saber muy bien por qué, al tanto que muchos olvidan su condición de mileuristas a jornada completa o de parados. Fruto de la imaginación de dos o tres pares de cerebros privilegiados, un sin fin de seres de condición muy semejante, vestidos bajo el influjo de un mismo soplo de moda, intercambian sonrisas desde sus móviles y corren por la playa presos del éxtasis que les provoca el anuncio de la penúltima oferta. Otros bailan alrededor de ese coche que pueden comprar hoy y dejar de pagar en septiembre vía incómodos plazos. Pero también hay otro mundo imaginario donde nos desvelan que el fin primordial de las petroleras es salvar el planeta, o, como en el caso de las eléctricas, velar por los hijos de nuestros hijos en un país donde la natalidad es ya competencia casi exclusiva de los inmigrantes.

    De otro lado, en el universo político, mientras la cifra de parados se dispara y, lejos de estabilizarse, alcanza una considerable velocidad de crucero, nuestro presidente José Luis Rodríguez Zapatero nos anuncia desde su particular Olimpo que va a crear 1.500 puestos de trabajo para reforzar el personal del INEM. Medida reveladora, dicho sea de paso, porque o bien avisa de que las oleadas de parados van a alcanzar categoría de tsunami, o bien se van a dedicar a pastorearles sin ningún rubor, o ambas cosas al mismo tiempo.

    En el paroxismo de este happening netamente español, el quid de la cuestión para el estratégico plan de ahorro energético ha resultado ser la bombilla de bajo consumo. Pero hasta las ideas más brillantes tienen sus limitaciones y la ocurrencia se queda en regalar dos bombillas por familia. Para ministerios, edificios oficiales y palacios varios, mucho me temo que con dos bombillas no va a ser suficiente, pero ese ya es otro cantar. En nuestras casas, cumplidos quedamos con que nos alumbren dos luces. También se reducirá la velocidad de acceso a los núcleos urbanos de determinadas ciudades. Lo cual hasta la fecha era cosa hecha por obra y gracia del atasco. Pero en este caso conviene echar la cuenta de los radares que han ido proliferando en estas vías de acceso para comprender que, fuera de las horas punta, más de un ciudadano va a colaborar sin quererlo en la compra de algo más que dos bombillas.

    Entre tanto, a los funcionarios públicos les van a llevar y traer en autobús. Será, cómo no, un servicio gratuito – que pagaremos nosotros, que lo gratuito siempre tiene trampa – y sin duda les ahorrará un buen dinero. De nuevo la alargada sombra del pastoreo, que se presenta muy crudo el periplo que va desde hoy hasta el 2012, y los votos conviene ir sumándolos en los caladeros oportunos.

    Para estabilidad de todos, especialmente del gobierno en una situación social que se está volviendo algo más que complicada, nuestros acomodados sindicatos van a recibir más de 160 millones de Euros en concepto de ayudas a la formación, que van a administrar en exclusiva restando como es lógico la correspondiente minuta a desglosar. El casi inexistente activismo sindical queda pues aún más a merced de los dineros públicos, por si la subvención habitual resultara ser insuficiente visto el panorama que se avecina.

    Como colofón, y para mayor inquietud, no hay que dejar caer en el olvido la reciente sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, que condenó a España a indemnizar al ex juez Javier Gómez de Liaño con 5.000 euros, en concepto de «daños morales» debido a que no tuvo un juicio «independiente e imparcial» tras ser condenado ni más ni menos que por el Tribunal Supremo. Ahí es nada. Como consuelo, y si lo miramos desde otro punto de vista, podemos decir que, aunque sea en algo más que en última instancia, siempre nos quedará Estrasburgo.

    En resumen, pese a que tenemos la mente más puesta en las vacaciones que en participar de este universo combinado de sucesos y mensajes disparatados que irrumpen en nuestra cotidianeidad, mucho me temo que a la vuelta no vamos a poder seguir siendo meros sujetos pasivos. En septiembre estamos invitados a participar en esta representación colectiva para alcanzar un desconocido grado de liberación en lo que a las emociones fuertes se refiere. Es decir, va a haber happening para todos. Para usted también, Don Mariano.

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  • Crisis de Modelo

    Entender las razones de esta crisis económica sólo como el resultado perverso del actual modelo económico, equivale a relegar su dimensión social al papel de simple cuestión derivada, cuando más bien podría ser justamente lo contrario. Por obra y gracia de esta prueba de fuego que es la Globalización, nuestras sociedades están quedando en evidencia mucho más allá de lo que las cifras económicas, por tremebundas que sean, son capaces de expresar. Y de seguir sin querer identificar los verdaderos problemas de fondo, que van mucho más allá de los fríos números, muy pronto la situación puede volverse insostenible. De hecho, la supervivencia de nuestra sociedad se encuentra en una situación crítica, tal y como va quedando retratada gracias a esta sobredosis de realidades productivas, noticias económicas y desastres financieros.

    Es preciso que las constantes alusiones al Estado de Bienestar que hacen nuestros políticos dejen de ser sólo argumentos en busca de votos. El Estado de Bienestar no es un concepto social y económico meramente proselitista, es mucho más que eso. Es un proyecto ambicioso, arriesgado y difícil, en un mundo cada vez más inestable y globalizado, que necesita de una acción política a largo plazo – y no a corto como hasta ahora - y de un alto grado de compromiso por parte de la sociedad en su conjunto.

    Occidente no alcanzó este modelo ambicioso, y envidiado por las tres cuartas partes del planeta, por una casual evolución de los acontecimientos, ni siquiera por la gracia de un modelo económico, sino por la existencia de valores y actitudes que, hasta la fecha, han resultado decisivos en la definición de la forma de organizarnos, trabajar y gobernarnos a nosotros mismos.

    Debemos tomar conciencia urgentemente de que los logros y avances no se sostendrán por sí mismos en los sucesivo y que, por ello, los mensajes de los políticos no pueden continuar ni un día más siendo simples consignas orientadas a adormecer las conciencias y a mantener una actitud de condescendencia más orientada a no cuestionar votos que a ganarlos.

    Como sociedad, tenemos que asumir nuestra responsabilidad de forma individual y colectiva. Y el primer paso es reconocer que desde hace ya un tiempo, por acción u omisión, hemos consentido que nuestro sistema social y político degenerara hasta límites insoportables, articulando a lo sumo un concepto moral de culpa que nos ha dividido, llegando al extremo de hacer imposible cualquier debate racional. Y así, hemos llegado al punto de dejar la acción política al servicio de las emociones más pueriles y manipulables.

    Los valores y principios no son conceptos novelescos pasados de moda, son valiosísimas herramientas para construir y poder mantener una sociedad solvente y resistente a los retos que el futuro nos plantea. En lo que a la democracia atañe, la honradez, el esfuerzo y la responsabilidad no son valores prescindibles superados por las modas sino justamente todo lo contrario: son valores imprescindibles e intemporales.

    Seamos serios, nadie contrataría a un profesional para realizar un trabajo si pensara que es una persona irresponsable, vaga y corrupta. Una familia cualquiera no dejaría la reforma de su casa en manos de una empresa si tuviera la certeza de que es chapucera e injustificablemente cara. Ninguna compañía tendría en nómina a un empleado, y aún menos un directivo, del que tuviera evidencias de deslealtad, irresponsabilidad y ausencia total de honradez. En definitiva: empecemos siendo honestos con nosotros mismos y reconozcamos que nadie, por propia voluntad, se pondría en las manos de profesionales, compañeros o amigos si estos fueran notoriamente inmorales.

    Siendo así, en lo que afecta al ámbito de nuestra propia decisión, no tiene sentido desentendernos y consentir que, en nuestra organización social de conjunto, es decir: en el Modelo de Estado, la ausencia de valores sea un hecho comúnmente aceptado, y menos aún creer que ello no nos supondrá coste alguno.

    Los resultados de esta ausencia de valores los estamos viendo y sufriendo ya. Ayuntamientos corrompidos que han contribuido decisivamente a la creación de una burbuja inmobiliaria que ha generado unos costes enormes por partida doble. Primero, por el precio desorbitado que han alcanzado las viviendas en pocos años, el terrible endeudamiento y el consecuente crack inmobiliario. Y, segundo, porque ahora que la burbuja ha explotado, esos mismos ayuntamientos acostumbrados a ingresar, derrochar y, en muchos casos, malversar enormes cantidades de dinero procedentes del ladrillo, van a elevar hasta límites insoportables la presión tributaria de sus ciudadanos. Policías locales que, en vez de velar por las normas de convivencia social, se han convertido en mafias y asociaciones de delincuentes que extorsionan y amenazan a comerciantes y vecinos. Un sistema educativo transformado en una gravosa factoría donde se producen decenas de miles de fracasos escolares al año. Jóvenes que crecen en un ambiente donde la autoridad, el esfuerzo y la responsabilidad no existen siquiera como conceptos. Políticos, cuya único interés es preservarse dentro de este modelo basado en el despilfarro, mientras confunden a la sociedad con acciones cosméticas orientadas a mantener el engaño. Y por encima de todo este horror, una creencia general de que el Estado puede y debe suplantar nuestra responsabilidad individual para salvarnos de nosotros mismos.

    En definitiva, estamos atrapados en una sociedad invertebrada, a la que los políticos y diversos colectivos, en su lucha por perpetuarse como castas unos y seguir viviendo de los presupuestos ambos, adjudican gratuitamente más y más Derechos sin hacer mención alguna a la otra parte de la ecuación que son los indispensables Deberes.

    De las crisis económicas se sale antes si se toman las medidas adecuadas, cierto. Pero, en la actualidad, nos enfrentamos a algo más que una crisis económica: se trata de una Crisis de Modelo. Y, si queremos sobrevivir sin renunciar al Estado de Bienestar y caer en manos del populismo, necesitamos un más que urgente cambio de mentalidad. Señores, el reloj sigue contando.

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